En un Foro marcado por la despolitización y preparado para recibir figuras como Lula y Chávez, se hizo uno de los debates más importantes de los últimos tiempos en lo que concierne al proceso de revolución mundial. El gravísimo problema que vive la lucha por el socialismo hoy, configurado en el vendaval oportunista que golpea a la inmensa mayoría de las fuerzas de izquierda en el mundo, fue el tema del debate organizado por la LIT-CI en el último Foro de Porto Alegre en enero.
Grandes frentes de izquierda, formados durante largos y duros procesos de unificación, como el Frente Farabundo Martí, en El Salvador, y el Frente Sandinista, en Nicaragua, después de protagonizar guerras que acabaron por desmantelar a las fuerzas armadas burguesas y derribar las dictaduras militares, se pasaron para el lado de la democracia burguesa en sus países, hoy semides-truidos. Grupos guerrilleros de larga trayectoria y cuya historia fue escrita con la sangre de muchos combatientes que cayeron enfrentando de pecho abierto dictaduras militares sangrientas, como los Tupamaros en Uruguay, dijeron adiós a las armas. Hoy, lo que queda de una de las guerrillas de mayor peso popular del mundo no pasa de dóciles ovejas en manos de la burguesía, sentados en los confortables sillones del Parlamento, ayudando a administrar la explotación de los trabajadores.
Para discutir este grave problema, la revista Marxismo Vivo reunió en Porto Alegre para un debate a:
James Petras, sociólogo norteamericano, militante de los movimientos sociales de todo el mundo, especialmente de América Latina. Autor de varias obras, entre ellas Brasil, gobierno Lula Año Cero, lanzada en el Foro. Fidel Nieto, uno de los fundadores del FMLN (Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional de El Salvador). Sociólogo y fundador de la TR (Tendencia Revolucionaria), una escisión del FMLN. Jorge Zabalza, uruguayo, militante y miembro de la dirección del Movimiento Nacional de Liberación - Tupamaros (entre 1960-1972). Valério Arcary, miembro de la dirección del PSTU (Partido Socialista de los Trabajadores Unificado), de Brasil, y militante de la LIT-CI.
JAMES PETRAS
“Quiero comenzar discutiendo algunos conceptos básicos que utilizamos. ¿Por qué hablamos de “democracia burguesa” y no sólo de “democracia”? Porque no hay en el mundo una democracia sin clases. El sistema político electoral está condicionado por la existencia de un poder económico que delimita y elabora los parámetros en los cuales este sistema electoral puede funcionar. Este condicionamiento para el funcionamiento del sistema electoral es el que da la definición de “democracia burguesa” ¿Por qué? Si ese sistema electoral, en algún momento, sobrepasase los límites de la institucionalidad burguesa, los poderes burgueses intervendrían en el proceso electoral para derribar al gobierno e instalar una dictadura. Y esa dictadura reformula las reglas políticas antes de volver a convocar nuevamente a elecciones. Hay límites políticos para que el sistema electoral, que los burgueses llaman “democracia”, pueda funcionar. Para nosotros hay una gran diferencia entre el Estado burgués y el régimen electoral. El Estado burgués existe en la institucionalidad legal, el Ejército, el Banco Central, en el conjunto de las instituciones de clase que están funcionando antes, durante y después de las elecciones. Lo que llamamos “ïnstituciones permanentes” del sistema político. Los gobiernos siempre están subordinados al Estado. Y, en algunos casos raros, cuando sube al poder alguna fuerza antiburguesa, hay una gran crisis institucional, entre el Estado burgués y el régimen populista (o socialista-democrático), hay un conflicto muy inestable. Y normalmente, en un conflicto entre el Estado burgués y el régimen popular, el Estado burgués derrota al régimen popular. Un régimen puede derrotar un Estado únicamente si construyó una fuerza independiente en el proceso de lucha. Los teóricos burgueses no reconocen la diferencia entre Estado y régimen. Hablan siempre de “Estado democrático”. El Estado no es democrático, es autoritario, es vertical y permanente, nunca es electo. Existe y tiene sus orígenes en hechos históricos.
¿Cómo entendemos el sistema electoral?
Es importante entenderlo, para discutir la política contemporánea en los últimos veinte años. Primero, cuando muchos hablan de la “transición militar a la democracia”, eso es una hipótesis, no es una realidad. Sabemos que no es militar, pero no por eso es necesariamente “democrática”. Hay gobiernos autoritarios militares y civiles. Lo que hemos visto en América latina es la transición de gobiernos autoritarios militares a gobiernos autoritarios civiles, Pero alguien dice: “Petras, usted está olvidando que ahora tenemos las elecciones, tenemos los partidos, tenemos el derecho de hablar... ¿Pero qué correspondencia tienen las elecciones con la práctica política de los gobiernos electos? No hay correspondencia alguna. Todos los candidatos hablan contra el neoliberalismo para profundizarlo cuando llegan al gobierno. Por eso, las campañas electorales no son una medida democrática. Son engaños concientes y sistemáticos. Segundo, ¿quién toma las decisiones en los gobiernos electos, las decisiones que afectan los ingresos, el presupuesto? Funcionarios que no son electos. Por ejemplo, ¿quién eligió al presidente del Banco Central de Brasil, el señor Meirelles? Este viene del Banco de Boston, autor de una gran estafa en Argentina. Nunca ganó ninguna elección, ni en el pasado ni en el presente ni lo hará en el futuro. ¿Furlan ganó alguna elección? Y decide toda la política de comercio. A Rodríguez (amigo de Monsanto), ¿quién lo eligió? ¿y a Palocci? Pero él decide la política salarial y todo lo que afecta la vida económica. Ningún funcionario fue electo. Ninguna decisión se toma en función de las elecciones. Lula no se presentó diciendo: “vamos a entregar nuestras tierras a Monsanto”, no dijo “voy a sacrificar el salario mínimo al Citibank””, no dijo “vamos a entregar Petrobrás a Shell y Exxon”. Y eso indica que el proceso de decisión no es democrático, se hace por el dedo de los personajes que ocupan los cargos de gobierno. Si vamos a fondo, el diseño macroeconómico y macrosocial lo hacen y planifican los funcionarios que ni siquiera son nacionales y no elegidos. Estamos hablando del Fondo Monetario, del Banco Mundial, del Citibank, Wall Street, Londres... Todos tienen gran influencia en la elaboración de la política neoliberal. Si la macroeconomía es el resultado de las decisiones de élites extranjeras no elegidas, ¿cómo podemos hablar de “democracia”?. Cómo podemos hacerlo si el contenido y la estructura de decisión no es nada democrática. Y eso explica la paradoja de que, en los últimos 20 años, hemos tenido más elecciones que nunca en la historia de América Latina, según dice el presidente Bush y otros más. Pero al mismo tiempo que hay más elecciones, hay más medidas represivas, más medidas antipopulares. Cómo se explica que, si hay tanta democracia, el proceso social es cada vez más regresivo. Esta paradoja no es tal porque el sistema que está tomando las medidas en favor de los grandes monopolios no es democrático. Nunca se consulta sobre las grandes decisiones: sobre el salario mínimo y la jubilación, sobre la entrega de grandes territorios en el Amazonas o las grandes plantaciones de soja. Eso es lo quiero explicar: que las elecciones que hemos tenido han tenido un impacto negativo. Mientras los pueblos que creían en esta “democracia”, comienzan a decir “no queremos la democracia”. Pero lo que está diciendo es “no queremos un sistema electoral autoritario civil”. Frente a este panorama, ¿cuál es la política del imperialismo? El imperialismo es muy flexible en la política y muy rígido en los principios económicos. Al imperialismo no le importa si un presidente fue guerrillero, obrero metalúrgico, nacionalista o hasta marxista, en el pasado. Lo que le interesa es la posición que tiene hoy. Cuál es su referencia política: sus ex compañeros en la fábrica o en la montaña o actuar de acuerdo con las multinacionales y el FMI? EE.UU. muestra la capacidad de apoyar un ex socialista en Chile, un ex laborista en Brasil (digo ex porque hace mucho que Lula no trabaja en una fábrica, ya no tiene manos de obrero metalúrgico sino de pianista). EE.UU. no tiene ningún problema en aceptarlo porque ahora trabaja para los patrones. Y puede aceptar un partido socialdemócrata, socialcristiano, peronista, cualquiera que sea, no importan los nombres. Lo que le importa es su práctica actual, si están de acuerdo con los ajustes estructurales, con las privatizaciones, con el ALCA (pesado o light). Eso es lo que le interesa al imperialismo. ¿Y qué tenemos ahora? Después de veinte años, hemos visto una serie de gobiernos electos que han profundizado las medidas y la agenda del gran capital. Ningún gobierno elegido ha tomado ni una medida progresista en salud, educación, salario o condiciones de trabajo. No hay ni un gobierno reformista, reformista en el sentido de que no va a cambiar el capitalismo pero sí va a aumentar el salario y el gasto de salud, va a poner más impuestos a los capitalistas, va a financiar una reforma agraria, va a fomentar la industria. Por el contrario, los gobiernos electos han hecho al revés: están reduciendo los salarios, están entregando las tierras al capital extranjero, están revirtiendo las leyes laborales de los años 30 y 40. Son los autores del “gran salto hacia atrás”.
Un salto hacia antes del varguismo
La estabilidad laboral, la protección del trabajo, todo eso era legado del varguismo. Yo no soy varguista, pero hay que decir que este gobierno representa un salto hacia atrás del periodo varguista. Estamos viviendo otra vez los años de1890, los años de los agroexportadores de café. Ahora es la soja. Pero hay diferencias: estamos vendiendo el hierro, estamos entregando el petróleo. Se está repitiendo. Lula es un microcosmos de todos los gobiernos electos de América latina. Ecuador es lo mismo: Gutiérrez entrega petróleo y bases militares, perjudica a los indígenas. ¿Qué pasa con la centroizquierda? ¿Por qué está actuando como la “derecha dura”? ¡Hasta el PFL ataca a Lula desde una posición de izquierda! criticando el bajo salario mínimo, que apenas sube 10 reales. Y Lula dice “estoy comprometido con el ajuste, necesito entregar 40.000 millones de dólares a los bancos extranjeros. Hay que ser responsable, olvidar a los pobres. Mejor llorar por los pobres. Mejor ponerse el sombrero del MST “. ¿Qué pasa con la centroizquierda? Estas corrientes tenían viabilidad en el pasado, en los años 40 y 50: podían aumentar el salario, permitir un nivel de sindicalización, hacer algunos gastos sociales. Y tenían una alianza con una burguesía nacional que producía para el mercado interno y dependía de contratos y subvenciones del Estado, por eso lo protegían. Dentro de esta alianza popular burguesa, se podía pensar, en el mejor momento, en una política de bienestar social. Pero esta burguesía ya no existe más. La burguesía se ha pasado a los circuitos internacionales: vende al mercado externo, se imbrica en los circuitos financieros, pide préstamos del Banco Mundial. Ahora el operario ya no es “consumidor”, es “costo de producción” para el mercado externo. Es costo y no consumo. Y hay que bajar los costos laborales para vender mejor en el mercado externo. Entonces, un gobierno de centroizquierda, necesariamente implicado con la nueva burguesía tiene que seguir el camino que ésta le dicta: bajar los “costos sociales”, bajar el presupuesto, bajar el salario mínimo, generar un ejército de desocupados para bajar la presión laboral. Aliarse ahora los operarios con los burgueses es subordinar el proletariado al proyecto burgués neoliberal. Porque hoy la burguesía, con todo su poder es neoliberal: en la práctica, en la teoría y en su inserción en la política. Algunos dicen: bien, un gobierno popular puede cambiarse, con presión popular, hacia políticas progresistas. Pero en cuanto algún gobierno toma alguna medida progresista, como aumentar impuestos al gran capital, éste empieza la fuga de inversiones y lleva a una crisis financiera. Entonces, para hacer reformas (yo estoy a favor de la reformas que den bienestar social), objetivamente, tiene que prepararse a enfrentar al capital que no quiere colaborar con estas reformas. Cuando la burguesía no quiere compartir la riqueza, hay dos posibilidades. Una es eliminar a la burguesía como forma de controlar las inversiones, el comercio y la producción. La otra alternativa es capitular y decirle al pueblo: “nosotros queremos cambios pero no nos los permiten los otros” (¡siempre son los otros!). Entonces, como consecuencia de esta segunda alternativa de capitulación, está el hecho actual de Lula, Kirchner, Mesa y todos los demás. Automáticamente, adoptan la política neoliberal, independientemente de sus orígenes y de lo que esté en su corazón. Quién sabe lo que está en el corazón: ¡es un territorio oscuro! Pero lo que nos interesa no es esto sino la práctica. Frente a este panorama, no somos extremistas, no somos idealistas, somos realistas y prácticos. Cuando vemos gobiernos electos que entregan la decisión a poderes no elegidos, llamamos a este gobierno de “democracia burguesa elitista”. Cuando vemos gobiernos de centroizquierda que hacen política para el capitalismo, sabemos que no hay una burguesía nacional dispuesta a hacer reformas. Conclusión práctica y realista, derivada de estos hechos, es que el único camino es la lucha extraparlamentaria, basada en las luchas, en las decisiones de los “parlamentos de la calle” hacia un proyecto anticapitalista y socialista para realizar las reformas. Ser “reformista” hoy implica, necesariamente, una política revolucionaria”.
FIDEL NIETO
“Voy a tratar, en mi presentación, de explicar y analizar cómo fue posible que uno de los movimientos revolucionarios más importantes de América Latina, en las últimas décadas del siglo pasado, sea ahora un partido sistémico, parte integral de la democracia burguesa electoral que existe en mi país, El Salvador. La guerra revolucionaria en El Salvador ha sido considerada, ha sido interpretada por muchísimos analistas de izquierda, e incluso de derecha, como una de las guerras civiles más largas, más violentas y más sangrientas que se hayan sucedido en la historia latinoamericana.
Es importante decir que El Salvador es un pequeño país de apenas 20.000 km cuadrados. No existe una selva, ni siquiera grandes montañas. Pero además está muy poblado: tiene seis millones y medio de personas viviendo en ese pequeño territorio; sin embargo, un movimiento revolucionario político militar libró una guerra que duró 12 años, en condiciones geográficas y demográficas sumamente adversas. El ejército burgués que ese movimiento revolucionario combatía con las armas en la mano contaba con aproximadamente 60 mil efectivos y se apoyaba en una fuerza paramilitar (las llamadas defensas civiles y patrullas cantonales) estimada en 120.000 miembros. El ejército gubernamental contó, a lo largo de todos esos años con el apoyo político-militar de la mayor potencia imperialista. Sólo en los últimos cinco años, EE.UU. invirtió 3000 millones de dólares en apoyo militar al ejército. Todo esto se tradujo en una cantidad impactante de muertos: 80.000 personas murieron en este conflicto y 13.000 personas todavía están desaparecidas, especialmente revolucionarios y revolucionarias, cuyo destino aún es un misterio para sus familias.
Cuando finaliza la guerra, se crea un organismo de la ONU (se llamó Comisión de la Verdad) que hizo un estudio que determinó que mas del 95% de los muertos y desaparecidos fueron atribuidos a los Escuadrones de la Muerte, a los cuerpos de seguridad y al ejército gubernamental. Conocer entonces cómo una izquierda revolucionaria que llegó, al final de la guerra, a tener misiles para el combate de los medios aéreos, que puso al ejército a punto del colapso, en varias oportunidades, después de 12 años de guerra abierta y directa, y después de 22 años de lucha armada, se convirtió ahora en un partido político que adorna la democracia electoral burguesa de nuestro país es, sin dudas, importante para quienes continúan pensando en la revolución como una necesidad urgente para la construcción de un nuevo mundo posible. Por lo menos cuatro factores estuvieron a la base de este proceso:
Primero, los cambios en el entorno internacional acontecidos especialmente a finales de la década de los ochenta - La caída del Muro de Berlín, la derrota de lo que aquí se llama estados obreros, sucedida en 1989, pero, fundamentalmente, la derrota electoral que sacó del gobierno al Frente Sandinista tuvieron un gran impacto en la cabeza de la revolución salvadoreña. ¿Cómo fueron interpretados estos fenómenos en la dirección del FMLN de entonces? Una parte concibió esos hechos (y los sucesos de la Plaza de Tiananmen, en China) como el “fin del socialismo”, llegaron incluso a pensar de que se trataba del “fin del marxismo”.
Hay que decir, sin embargo que en 1989, el año de la caída del Muro, el FMLN lanzó su más fuerte y extendida ofensiva político-militar que puso al gobierno al borde del colapso, controlando amplios sectores de la periferia de la ciudad capital. Las fuerzas revolucionarias guerrilleras llegaron a escasos metros de la casa presidencial y muy cerca de las instalaciones del Estado Mayor del ejército salvadoreño en esa ofensiva. Sin embargo la idea de que esa gran maniobra militar produjera el levantamiento insurreccional de las masas no fue acertada. Y después de dos semanas de combate en la capital, hubo que replegarse de nuevo a las áreas rurales.
Segundo, el fin negociado de la guerra - En esos momentos, fue cuando se sucedieron, precisamente, estos acontecimientos del entorno internacional. Y si bien es cierto que la idea era definir militarmente la situación en esa ofensiva, también se pensaba que había que organizar e impulsar nuevas ofensivas, si la primera no resultaba suficiente para concluirla victoriosamente. Sin embargo, la jefatura de algunas organizaciones (hay que tomar en cuenta que el FMLN estaba compuesto por cinco organizaciones político militares) ya no estuvieron dispuestas a impulsarlas, poniendo el énfasis en la que había sido concebida como la apuesta mínima, o sea, lograr que esa gran ofensiva militar, por lo menos se tradujera en una salida negociada del conflicto. De esa manera se llegó, en enero de 1992 a la firma de los Acuerdos de Paz de Chapultepec; que marcaron el fin negociado de la guerra civil, pero no el de las causas estructurales que la generaron.
Es importante mencionar las distintas interpretaciones que hubo en el FMLN sobre esos acuerdos. Una parte de la dirección, por lo menos dos de los miembros de la comandancia general, fue de la idea de que los acuerdos de paz habían significado la victoria de la revolución. Otros pensaban que los acuerdos de paz eran una victoria revolucionaria pero no la victoria de la revolución ya que el problema del poder no había cambiado, que éste quedaba siempre en manos de la derecha. Por último, para muchos de los mandos medios del FMLN y para la mayoría de los combatientes, los acuerdos de paz significaban la derrota del movimiento revolucionario. Por supuesto que los combatientes y los mandos medios no fueron consultados acerca de la naturaleza de esos acuerdos.
Inmediatamente después de esos acuerdos, vino lo que se llamó “programas de reinserción de los ex combatientes a la vida civil” los cuales comprendían las formas, a partir de las cuales supuestamente, la gente que había luchado por doce años iba a rehacer su vida como civiles. Hubo para los combatientes reparto de tierras, préstamos para que establecieran microempresas y, para los oficiales de la guerrilla, hubo créditos más altos y, además, preparación para que se convirtieran en “exitosos” empresarios.
Tercero: el impacto de los programas de reinserción en la vida y en el pensamiento de los ex combatientes y de los mandos - Es importante señalar que muchos ex combatientes a los que se les asignó tierra no tuvieron apoyo técnico, ni capital para sembrar y rápidamente, comenzaron a deshacerse de esa tierra. Pero para algunos de los dirigentes, además del apoyo económico, hubo otro aspecto que fue fundamental: seminarios, talleres y cursos dirigidos desde Harvard y sus centros regionales con un enfoque neoliberal. Los dirigentes más altos fueron incluso a EE.UU. a recibir formación económica, política y social. Otros fueron al INCAE en Costa Rica o Nicaragua a “conocer” qué estaba pasando en el mundo después de la guerra. Todo esto en un momento en el cual en diversas partes del mundo se veía la tremenda derrota de los trabajadores, de la caída de los gobiernos de Europa del Este, o sea, de la que ha sido la victoria más importante del imperialismo sobre las fuerzas revolucionarias en todo el siglo pasado. Con esas ‘enseñanzas’, muchos de los dirigentes del FMLN fueron despojados del lenguaje y de los conceptos revolucionarios, de los términos marxistas y, de pronto, aquello de llamarse “revolucionario” parecía “anticuado”, algo así como “haberse quedado en el pasado”. Casi todo el mundo dejó de hablar de lucha de clases y comenzó a hablar de “consenso”, de “concertación”; se dejó de hablar de clases sociales y se habló de “sociedad civil”. De esta manera se fueron perdiendo los conceptos, expresión de un determinado marco de referencia para entender y comprender la realidad, es decir, la ideología revolucionaria fue vaciada de la cabeza de muchos de los líderes del FMLN.
Cuarto: el desmontaje de lo que fueron las cinco organizaciones guerrilleras y la conversión del Frente en partido electoral, como parte de los acuerdos de paz. Este paso significó la conversión de aquel fuerte movimiento guerrillero revolucionario y socialista en un partido del sistema político institucional del país. Entonces el debate que se abrió en la dirección del frente no fue ya relativo a cómo impulsar el proceso de cambios en el país, para darle continuidad a la lucha por las transformaciones sociales pendientes, sino por el reparto de espacios de participación en las candidaturas a cargos institucionales, de diputados, alcaldes y concejales, inaugurándose de esta forma un período de pugnas internas por el control del aparato partidario como la garantía necesaria para la obtención de determinadas cuotas en los espacios de gobierno, transformándose así sus principales líderes, de dirigentes revolucionarios en funcionarios del estado burgués.
Quinto: la pérdida de la identidad clasista del liderazgo y de muchos militantes del FMLN - Nos referimos al hecho de que durante la guerra se produjo un desplazamiento de las expectativas de muchos dirigentes, generado a partir de los cambios en las condiciones objetivas y subjetivas en la vida de algunos de ellos, consistente, por ejemplo, en que algunos compañeros que nacieron en el seno de familias empobrecidas y como resultado de su esfuerzo y sacrificio en la lucha revolucionaria llegaron a niveles de dirección, cambiaron sus motivaciones y aspiraciones personales. Su apuesta ya no fue volver al campo a trabajar la tierra o a la fábrica y continuar siendo parte de esa clase social en la cual nacieron, sino hacerse diputados o empresarios, produciéndose en ellos una transformación clasista a partir de la “movilidad social ascendente” lograda a través de los cargos públicos, lo cual trajo como otra consecuencia adicional, la aceleración y profundización del distanciamiento entre los dirigentes convertidos en funcionarios del estado burgués y las bases, que siguieron sumidas en una situación de pobreza.
Hoy, y para terminar, vale la pena referirse a lo que es ahora el partido FMLN, a qué queda de aquel FMLN revolucionario que con tanto heroísmo e inteligencia desafió el poder del imperio en Centroamérica durante doce años. En primer lugar el Frente, es el partido más importante de la oposición en el país; gobierna muchas de las principales 80 ciudades, incluida la capital y las más grandes concentraciones urbanas del país. Tiene la bancada legislativa más numerosa y ha registrado un ascenso electoral continuo y permanente. Pero esta situación de éxito electoral y de obtención de mayores espacios en las instancias estatales se corresponde, paradójicamente, con otra cuestión: cuánto más votos y poder institucional alcanza el FMLN se hace más gobierno pero a la vez, se hace menos pueblo.
El año pasado, el FMLN tuvo, incluso, la posibilidad de ganar la presidencia de la República. Sin embargo, equivocó el camino a lo largo de todo el proceso electoral comenzando desde la forma en que se dilucidó la cuestión de la selección de la fórmula presidencial, pasando por una errática política de alianzas y lo que es aún peor, centró parte importante de su discurso en un gran esfuerzo por generar confianza en los sectores empresariales y en la Casa Blanca, presentando dentro de sus ejes de campaña electoral, dos consignas muy claras: Primero, decirles a los ricos del país “no se preocupen porque si nosotros ganamos la presidencia de la república sus riquezas va a estar garantizadas”. Y segundo, tratar de presentarse ante el gobierno de EE.UU. como mejor amigo suyo que el principal candidato de la derecha.
Entonces, ¿Por qué es que el frente sigue sacando cada vez más votos pese a su deslizamiento hacia el centro o sea hacia la derecha?; ¿Será que el pueblo va para la derecha? Lo que sucede es que no hay otra opción electoral más de izquierda y la gente está cada vez más cansada de las políticas neoliberales que se aplican desde hace más de 15 años y aprovecha los procesos electorales para “castigar” al partido en el gobierno.
Finalmente, por suerte para nosotros, el FMLN no es la única izquierda que existe en el país. Hay un proceso lento y contradictorio de construcción de una nueva izquierda no sólo política, sino también una nueva izquierda social. Ambas, en la medida en que se fortalezca se convertirán en el nuevo sujeto político revolucionario que la nueva situación del país reclama. Nosotros en la Tendencia Revolucionaria (TR) estamos trabajando desde hace varios años para acelerar este proceso, para hacer de la nueva izquierda una mayoría en la sociedad. Pero no para que esta mayoría se traduzca en votos para algún partido electoral, sino para que esta mayoría se exprese en la lucha de calle. Y mientras las bases y la dirección del FMLN van a esperar otros cinco años para intentar de nuevo llegar al gobierno por la vía electoral, esta nueva izquierda se propone sacar al gobierno desde la lucha de la calle. Sin embargo, la tarea no es fácil. El hecho de que el Frente haya pasado ha ser parte del Estado ha desgastado bastante la imagen de lo que significa ser de izquierda en El Salvador. Pero somos un pueblo de mucha tradición de lucha. En 1932, este pueblo intentó, por primera vez, llegar al poder por la vía armada. En 1944, sacamos del gobierno a una de las tiranías más feroces que ha tenido Centroamérica, a través de una huelga general de brazos caídos. Menos de 30 años después, esa dictadura militar, que se repuso de aquella derrota, comenzó a tener un nuevo desafío, esta vez con el pueblo en armas. Los revolucionarios del El Salvador tenemos todo el derecho a tener confianza en este pueblo heroico y estamos convencidos de que, dentro de poco, la lucha en nuestro país, volverá a ponerse otra vez, al igual que otros pueblos hermanos, a la cabeza de la lucha en América Latina.”
JORGE ZABALZA
“Compañeros y compañeros: ¡qué falta de dignidad! En Nicaragua, El Salvador, Uruguay, los viejos guerrilleros que convocaron a la gente a morir, a tomar las armas, pasar por la tortura, a estar desaparecidos hasta hoy en día, van hoy del brazo con el imperialismo, con el gran capital y con la derecha. Sufrimos dos derrotas, en Nicaragua, en El Salvador y en Uruguay. La primera fue militar y política. y la pagamos con sangre, años de prisión, sufrimiento de mujeres y hombres. Pero la segunda es peor porque es ideológica: es la renuncia total a los principios revolucionarios. Y de esa no se levanta. Porque de la derrota política y militar nos levantamos y salimos de los calabozos para luchar. De la derrota ideológica no van a salir más. Lo que estamos viviendo ahora en Brasil nos da un anticipo de lo que va a ocurrir en Uruguay. Oír a Lula, para mí, es como ver a nuestro próximo presidente “progresista” dentro de dos o tres años, cuando también él quizás vaya a Davos a “tender puentes”. En Uruguay, las elecciones se ganaron con poco más de la mitad de los votos. Como dijo Petras, el poder está muy lejos de nosotros. Pero el pueblo fue protagonista, llenó las calles, hizo el mayor acto público nunca visto de la historia del Uruguay al final de la campaña electoral. Y el día de las elecciones, nadie quedó en la casa. Esas son las expectativas, el estado de ánimo, la subjetividad que hoy domina a los trabajadores y al pueblo uruguayo.
Gran fiesta popular, mas también gran fiesta para los burgueses, porque ellos también tienen grandes expectativas con el gobierno progresista. En Uruguay, no se fugaron los capitales, la Bolsa de Valores continuó funcionando tranquilamente, el dólar siguió como estaba, el riesgo país cayó... El Fondo Monetario, el Banco Mundial y el BID visitaron Uruguay y se sienten socios del nuevo gobierno de Tabaré Vázquez. Hace seis o siete meses, cuando Brasil envió tropas a Haití, la bancada del Frente Amplio en el Parlamento uruguayo votó en contra de enviar tropas uruguayas, argumentando que esa era una base imperialista para atacar a Venezuela, Colombia y Cuba. Pero hace 15 días, como estos parlamentarios pasaron al otro lado y ahora son parte del gobierno, todo el F.A. votó enviar tropas a Haití. Simplemente porque ahora hay que hacer buenas señales al imperio y a las FF.AA. No quiero repetir lo que ya se ha dicho de lo que ocurre con el gobierno de Lula y con el PT.
¡Qué momentos históricos vivimos en Uruguay!
Como decía el compañero Fidel Nieto, la caída de la URSS, el desastre del Partido Comunista de la URSS y, con ellos la caída de la peor de las religiones, de la más dogmática de todas, que fue el estalinismo, dejó a un gran sector de la militancia de izquierda revolucionaria sin referencia, ciegos y sordos, desconfiando de todo lo que fuera una propuesta revolucionaria. Este desastre de los viejos revolucionarios convertidos en defensores de la democracia burguesa creó un clima de confusión en el plano de la teoría, donde nadie tiene seguridades ni certezas. Hoy vale todo. Como si fuera poco, los principales instrumentos políticos y sociales construidos por el pueblo uruguayo en 100 años de lucha, la Central Única de Trabajadores y el Frente Amplio, hoy son instrumentos de la política económica liberal y reaseguro de la democracia burguesa. La militancia que se siente reformista y que siente que ser reformista hoy es la revolución posible, ve que la política económica que va a promover el F.A. es liberal. Se define liberal y proclama el crecimiento económico basado en la inversión privada y en su rentabilidad, en el pago de la deuda externa. Ha quedado un vacío tremendo en el plano de la teoría. Un viejo guerrillero, Raúl Sendic, decía que “no hay mejor teoría que la de las revoluciones hechas”. Pero hoy, podemos decir que la mejor teoría va a ser la de las revoluciones fracasadas. Todos estos fracasos y estas derrotas nos dejan un campo abierto para hacer una propuesta teórica que convoque a todos los militantes sociales que van a ser desengañados por el “gobierno progresista”. Estamos trabajando en la formación de un movimiento social altamente ideologizado, que vaya dando pasos firmes, lentos pero firmes y seguros, de lucha en las calles para que de él nazca la organización política del movimiento obrero, y el poder de los trabajadores independiente de toda contaminación de la ideología social-demócrata burguesa. La emancipación de la clase obrera debe ser obra de los propios obreros, decía Marx. Y si se ha fracasado en tantas derrotas sufridas en el mundo, es porque el proletariado, en ninguna de esas experiencias logró un grado de desarrollo político que lo convierta en sujeto independiente capaz de decidir por sí mismo, sin que nadie lo substituya.
Nosotros creemos que no hubo sólo derrotas militares. Hubo también derrotas en la concepción de la relación del partido con el movimiento de masas y, dentro del partido, entre la dirección y la base. En Uruguay (hablo de mi experiencia concreta), si en el curso de la lucha de clases, el movimiento obrero no fuera capaz de proponerse a sí mismo un programa que surja de sus propias necesidades, no será el programa de la organización política la síntesis de la experiencia del movimiento obrero y su lucha. No es un gran estratega el pueblo, como hoy, con sus expectativas electorales, y dejándose manipular por la socialdemocracia, nos pone un techo, limita la acción del movimiento revolucionario. Cómo la organización política podrá hacer para que ese movimiento obrero sea el que se alce y conduzca y dirija la revolución. Estos aspectos que estamos discutiendo son esenciales porque, cuando luchamos, nos planteamos organizarnos. Como vamos a organizar el poder de decidir entre nosotros será la misma forma en que se va organizar en el futuro una sociedad socialista. Si no somos capaces de tener relaciones al interior del partido que sean realmente democráticas, donde todos nos formemos y tengamos los elementos para decidir, cómo vamos a pedir otra sociedad socialista, autogestionaria, donde los trabajadores sean los que manejen los medios de producción y la política. Por eso, en el plano de las ideas, queremos militantes de ojos bien críticos hacia la sociedad y hacia la clase dominante, pero también hacia nosotros mismos. Militantes de espíritu insurrecto en el plano del poder también en el plano interno para hacer valer sus propios sentimientos, ideas y principios. Voy a atreverme a largar lo que en Uruguay llamamos un “esquemazo”: en la discusión sobre las fórmulas organizativas nació el partido bolchevique y después de cien años de experiencias en la discusión de esas fórmulas van a nacer los nuevos partidos revolucionarios en el Uruguay”.
VALÉRIO ARCARY
“No es accidental que la historia nos haya reunido en esta mesa de debate hoy. La experiencia del FMLN, la degeneración de la mayoría de su dirección, la adaptación e integración a la democracia de la mayoría de la dirección de los Tupamaros, liberó fuerzas de izquierda, luchas internas que resistieron la integración a los regímenes democráticos. En el Brasil, nosotros no tuvimos una guerra civil dramática y heroica como la de El Salvador, ni enfrentamos una experiencia de guerrilla urbana tan larga y tan heroica como la de Uruguay. Pero la verdad es que la situación de la izquierda revolucionaria y socialista del Brasil no es mucho mejor. Algo aconteció en los últimos 15 o 20 años que devastó las filas de la izquierda revolucionaria brasileña. Aquellos que vivieron la experiencia de la lucha contra la dictadura recordarán que existían, en este país, a inicios de los años 80, por lo menos cinco organizaciones con más de mil militantes cada una de ellas que, con diferentes interpretaciones del marxismo, reivindicaban la revolución socialista. Digo con “por lo menos mil” porque algunas tenían más de mil. Esas organizaciones, de diferentes siglas, no existen más. Pero sus dirigentes sí existen: son diputados, senadores, alcaldes y hasta gobernadores electos por el PT. Nosotros no tuvimos los muertos de El Salvador, no tuvimos la tragedia de las prisiones en masa del Uruguay, pero buena parte de la izquierda revolucionaria brasileña, incluso sin los muertos y sin la cárcel, entró alegremente dentro del régimen democrático, sin tener la justificación de los muertos o de la guerra civil.
Esto exige una explicación
Es preciso discutir el significado de la “democracia”, de la democracia del capital, de la democracia burguesa contemporánea. ¿Por qué este régimen tiene esta fuerza de gravedad que destruyó una generación entera de organizaciones revolucionarias? Algo tiene que explicar este proceso. A partir de nuestra mirada, desde Brasil, un país de la periferia del sistema, sin mucha tradición marxista, hace por lo menos 100 años que estas presiones terribles, impuestas por los regímenes democráticos, vienen teniendo efectos devastadores sobre las organizaciones obreras en general y sobre los movimientos y partidos revolucionarios en especial. Cien años atrás, en Alemania, la primera experiencia de un partido obrero de masas (que tenía varias alas, no solamente una corriente mayoritaria, un partido en el cual había una tremenda lucha interna, el partido de Engels) se fue integrando al régimen de la democracia prusiana, aceptando al emperador, renunciando a levantar siquiera la bandera de la República. Estaba prohibido en el partido obrero alemán levantar la consigna de “abajo el emperador”. Rosa Luxemburgo, cuando escribió para el periódico del partido un ensayo exigiendo esa consigna, fue censurada y el artículo no fue publicado. Este fenómeno no es nuevo.
Las libertades democráticas del régimen democrático burgués ejercen, hace por lo menos 100 años, una fuerza de presión terrible sobre todas las organizaciones revolucionarias. Son rarísimos los casos de las organizaciones revolucionarias que consiguieron sobrevivir a esas presiones. Ninguna organización, ni siquiera la más revolucionaria del siglo XX (el bolchevismo ruso) pasó incólumne, de forma indolora, la prueba de la democracia burguesa. Todas las organizaciones revolucionarias sucumbieron, se dividieron o surgieron luchas políticas tremendas en su interior.
El gobierno Lula o el gobierno Kirchner no nos sorprenden
En Brasil, nosotros cometimos muchos errores en los últimos 20 años. Pero hay uno que no cometimos: nosotros preveíamos que el gobierno Lula capitularía al capital, cedería al Fondo Monetario, mantendría buenas relaciones con el imperialismo y continuaría pagando la deuda externa. De verdad, nosotros, durante una década, desde 1992, desde fuera del PT, interviniendo en los sindicatos, en la CUT, en la UNE, permanentemente hacíamos un llamado al frente único para luchar. Nuestra expectativa era construir bloques que abriesen un camino para la acción de las masas junto con la izquierda del PT y de la CUT. Nuestros llamados sistemáticos eran: “¡rompan con Articulación, únanse a nosotros!” Dedicamos a eso doce años de nuestras vidas.
Pero lo que sí nos sorprendió fue que cuando Lula llegó a la presidencia toda la izquierda del PT entró al gobierno. Y Lula anunció desde el primer día: “vamos a pagar la deuda”. Unos fueron al Ministerio de la Reforma Agraria, otros al MEC, a la Salud. En todos los escalones del gobierno, no hubo cargo ofrecido por Lula que la izquierda del PT no aceptase.
Quedamos decepcionados, porque nosotros esperábamos, por lo menos, que se dividiesen, que hubiera una convulsión. Esperamos y esperamos. Pero rompió mucho menos del 10% de la izquierda de la CUT y del PT. Es progresivo que hayan roto. Que hoy estén ligados al PSOL no cambia el hecho de que rompieron con el gobierno y con el PT. Apenas rompieron el 10% de los que reivindicaban un programa revolucionario. Nueve de cada diez militantes de esas corrientes están vistiendo alegremente las camisetas de 100% Lula. ¡Es una vergüenza!
Es necesaria una explicación marxista
Eso exige una explicación serena, tranquila, objetiva y materialista. En lo posible, marxista. Si fuéramos capaces de integrar nuestra experiencia en Brasil con el drama de Uruguay y la tragedia de El Salvador, construiremos un análisis conjunto de lo que está aconteciendo con el marxismo revolucionario. Cuando digo “marxismo revolucionario” no estoy hablando sólo de aquellos que reivindican la trayectoria de la Cuarta Internacional. No somos ciegos ni podemos ignorar que, después de 1968, surgió una izquierda a escala mundial que rompió con el estalinismo y la socialdemocracia y que no se aproximó, en su mayoría, a la Cuarta Internacional. Tuvieron otras experiencias: unos quedaron impresionados con la revolución cubana, otros por la revolución china, muchos se reivindicaban “nacionalistas revolucionarios”. El hecho es que hoy quedan muy pocos movimientos y organizaciones que tengan en su programa la estrategia de la revolución socialista. Tienen formulaciones oscuras, extrañas, un proceso de rupturas que “radicalizan la democracia” con la construcción de un contra-poder. Hay muchas fórmulas extrañas, pero en ninguna queda claro si la cuestión clave, si el objetivo es tomar el poder o no. Porque para “radicalizar la democracia” no se precisa tomar el poder y esto permite muchas interpretaciones.
La verdad es que, dentro del movimiento revolucionario, buena parte de la izquierda marxista, cuando renunció a la lucha armada, fuese en la forma táctica de “guerra popular prolongada” o en la forma de “foquismo urbano”, abrazó una interpretación de la estrategia política como una “estrategia electoral”. Esta “tesis electoralista” no es lo mismo que la táctica de la participación en procesos electorales.
En los años 1980, el PT apoyaba las luchas
En la segunda mitad de esa década, durante el gobierno Sarney, incluso después de la caída de la dictadura, de las Directas y de la elección de la Constituyente de 1986, el PT apoyaba las huelgas, hasta la huelga general. Hacía declaraciones retóricas, es cierto, pero los diputados apoyaban las huelgas. Pero eso no es sinónimo de estrategia revolucionaria. Claro que hay revolucionarios que no tienen el instinto político básico de que su acción prioritaria tiene que ser en las luchas de masas (ocupaciones de tierras, huelgas, movilizaciones universitarias, marchas), en fin, las acciones directas del pueblo. Pero los reformistas también participan de las acciones directas. Claro que para ellos, lo más importante son las elecciones. Pero si pueden usar el terreno de la acción directa, si ésta está limitada a la forma de una protesta que no amenaza los cimientos y los fundamentos de la dominación burguesa y les sirve cambiar la opinión pública del país en dirección a un éxito electoral, los reformistas dan cuerda.
Ya en los años 1990, la acción del PT fue distinta. En estos años, antes de llegar al poder y para garantizar la gobernabilidad de Fernando Henrique Cardoso, el PT saboteó sistemáticamente cualquier posibilidad de unificación de las organizaciones de masas, incluso cuando aún estaban en el terreno limitado de una protesta o de movilizaciones parciales. Saboteaba, bloqueaba, estrangulaba, suspendía asambleas. Conducía permanentemente la acción de las masas para una única salida política: llegar a la presidencia de la República por medio del proceso electoral. O, si no ganaba, elegir la mayor cantidad posible de diputados, senadores, etc.
Esta concepción política de que el cambio de la correlación de fuerzas sólo puede hacerse por medio de sucesos electorales creó raíces profundas en la conciencia de millones de personas, en los últimos 15 años, en Brasil. Tanto es así, que uno de los criterios fundamentales que buena parte del activismo sindical usa aún hoy para decidir su adhesión política a una organización, por ejemplo al PSTU, es si es “electoralmente viable” o no. Esto es una herencia de esta pérdida de educación política, de esta confusión política que viene desde los años 80.
No es verdad que la “acumulación de fuerzas” sea indivisible de los procesos electorales. Los procesos electorales son consecuencia de las relaciones sociales de fuerzas, y no al revés. Lula, mucho antes de tener éxito electoral, ganó influencia de masas sobre millones de personas en San Pablo, y en menor medida en Brasil, porque fue el líder de las grandes huelgas del ABC, desde 1977 a 1980. Eso lo hizo grande, le dio autoridad, y este capital inicial es el oxígeno del cual Lula vive hasta hoy. Aunque no es inagotable, está usando este capital desde 1980. No ha sido diferente de otras fases de nuestro país o en otros. En Brasil, antes de Lula, el gran dirigente que representaba la esperanza de millones de brasileños fue Luís Carlos Prestes, del PCB. Prestes, en toda su vida, participó de una única elección y fue electo senador por Rio de Janeiro. Pero ya era una figura de masas. No es verdad que las masas seleccionen siempre sus líderes entre los candidatos electorales. Los verdaderos dirigentes de los sectores organizados del pueblo surgen, como siempre, de las grandes luchas de las masas y de las pruebas de fuerza que seleccionan a los hombres y mujeres que están al frente de cada una de las luchas.
Lula se prestigió por haber dirigido huelgas
También ha sido así en el mundo. Sendic se hizo grande no porque participó de elecciones, sino porque encabezó, armas en la mano, la lucha contra la dictadura militar y, después, atravesó con dignidad y orgullo inquebrantable un aislamiento de 11 años de prisión. No fueron las elecciones ni los programas de televisión los que le dieron autoridad.
La estrategia electoralista piensa: “ay de nosotros, sin televisión no hay vida de izquierda; sin televisión no hay política revolucionaria”. Nosotros no pensamos así. Pensamos, compañeros, que la presión del régimen democrático burgués es brutal porque permite una vida mediocre, una supervivencia rutinaria, incluso de los más abnegados militantes revolucionarios, en torno de proyectos inmediatistas, como conquistar un aparato sindical y, mucho más frecuentemente, usar la vida sindical para después transformarse en parlamentario. Entonces, funciona así: la primera huelga es el jardín de infantes, la segunda es la escuela secundaria, la tercera son los estudios superiores y ya va para la dirección de la CUT. Después, pasando por la dirección de la CUT, recibe el diploma de posgraduación para poder ser candidato a concejal. Ahí hace la tesis y, si sale bien, ya puede concursar por un doctorado de diputado regional. A partir de ahí, el cielo es el límite. La verdad esa experiencia histórica vivida por el PT no se redujo a Articulación: afectó a toda la izquierda brasileña, inclusive a nosotros. Pero, nosotros sobrevivimos. A nuestra manera brasileña, aprendiendo de nuestros errores, porque somos una izquierda muy empírica. Aprendimos también porque teníamos un legado que quedó de la generación anterior, dejado por Nahuel Moreno, que nos alertaba de cosas simples pero que quedaron en la memoria de los cuadros de nuestra organización. Así, cuando tuvimos diputados, comenzamos a gastar mucho más dinero del que podíamos gastar para construir el partido. Muchos cuadros presionaban: “no podemos continuar viviendo del dinero del Parlamento, hay que reducir gastos y profesionales, cerrar sedes, gastar menos, vivir del dinero de las cuotas de los militantes. Eso trajo crisis, fue doloroso y, muchas veces, produjo hemorragias dentro de nuestra corriente. Pero sobrevivimos: aprendimos que no se puede vivir del dinero de los mandatos parlamentarios, que no se puede tener más profesionales que los que la militancia y el apoyo del movimiento de masas puede sustentar. Lo que recogemos del apoyo sacrificado que la militancia y los trabajadores entregan para que el PSTU pueda existir en Brasil. Vivimos de ese dinero y ni un centavo de más. La primera lección, entonces es cómo sobreviven las organizaciones que aprenden a ser humildes y pobres. Porque los bolcheviques eran humildes y pobres y vivían con salarios de hambre. Y usaban frecuentemente el poco dinero que tenían para comprar libros, estudiar idiomas y capacitarse.
Hay que tener relaciones estrechas con los trabajadores
Pero tener finanzas separadas del Estado no es suficiente para protegernos del efecto devastador que, en el mundo entero, nos dejó en esta terrible soledad revolucionaria. Nosotros precisamos de otros escudos, de otros antídotos, de otros remedios. En primer lugar, precisamos tener relaciones estrechas con los trabajadores. Tenemos que procurarnos un camino hacia las masas, unirnos a las luchas de los trabajadores. Y eso no se hace buscando, a cualquier precio, el éxito electoral. Por eso, nosotros tenemos diferencias con los compañeros del PSOL. Porque ellos subestiman la tragedia de toda una generación que fue destruida por el electoralismo. Quien subestime esa tragedia histórica, cincuenta mil militantes que se pasaron para el otro lado, está preparando su sepultura política, está caminando con los ojos cerrados. Para defendernos de la presión del régimen democrático burgués, precisamos lucidez y vigilancia. Necesitamos acercarnos a las masas, a los sectores que luchan, no con el objetivo de ocupar posiciones para nuestro éxito electoral del futuro, sino con el objetivo de apoyar las luchas y disputar su dirección para llevarlas a la victoria. Y si eso significa la ruptura con los límites de la legalidad burguesa, no importa, tenemos que hacer las acciones que sean necesarias. Eso significa saber que habrá represalias. Que el Estado burgués, como nos enseñó Petras, existe como un aparato duro, cuya función es preservar el orden y la propiedad privada, que no hesitará en aplicar la violencia más implaclable sobre aquellos que amenazan su dominación.
Prepararse para las represalias significa que no se puede construir una organización revolucionaria como se construye una “escola de samba” que tiene muchas alas. Un partido revolucionario precisa mucha disciplina. Es como una ciudad sitiada, una fortaleza cercada de enemigos por todos lados, que está siempre preparada para defenderse. Por eso tiene claras sus fronteras: sólo entra en la ciudad quien merece confianza, porque una ciudad sin murallas no puede defenderse, es siempre vulnerable a la presión de los enemigos de clase. La burguesía y el capital son tan poderosos que la lección fundamental de los últimos 100 años es que ubican sus agentes y construyen aparatos contrarrevolucionarios en el seno del movimiento de masas, y precisamos derrotarlos. La camada burocrática del PT que está en el poder es responsable por la tragedia social del gobierno Lula.
Precisamos más que nunca una izquierda revolucionaria educada, culta, dedicada a aprender con las experiencias de los otros, como la experiencia de El Salvador y la experiencia de los Tupamaros, en Uruguay. Saber por qué muchos revolucionarios se volvieron socialdemócratas, entender la historia de las revoluciones del siglo XX, las experiencias revolucionarias. Por eso, nuestro tercer escudo es el marxismo. Y el cuarto es el internacionalismo: si no fuéramos internacionalistas, y pensáramos que Brasil es el centro del mundo, estaríamos condenados al fracaso. Por último, quiero recordar algo que dijo León Trotsky: “la lección fundamental de la historia se reduce a tres fundamentos. Primero: confiar sólo en la fuerza de los trabajadores para transformar el mundo. Sólo su movilización es capaz de cambiarlo. Segundo: desconfiar siempre del enemigo de clase; ninguna confianza en el capitalismo y en la burguesía. Tercero: controlemos a nuestros jefes, controlemos a nuestros jefes, controlemos a nuestros jefes”.